“Doctora, me duele, pero pensaba que era normal”
Es una frase que escucho con mucha frecuencia en consulta.
Algunas mujeres llevan meses, incluso años, teniendo relaciones sexuales con dolor. Poco a poco se van adaptando: evitan determinadas posturas, utilizan cada vez más lubricante, disminuyen la frecuencia de las relaciones o simplemente asumen que es algo que les toca vivir después de un parto, con la menopausia o con el paso de los años.
Pero tener dolor de forma persistente durante las relaciones sexuales no debería normalizarse.
Y hay algo importante que siempre intento explicar: el dolor durante las relaciones no es un diagnóstico, es un síntoma.
Puede tener causas muy diferentes y, por eso, el tratamiento que funciona para una mujer puede no tener ningún sentido para otra.
No todo el dolor es igual
Cuando una paciente me dice que le duele al tener relaciones, una de las primeras cosas que necesito saber es dónde y cómo le duele.
No es lo mismo sentir ardor o escozor en la vulva que notar dolor justo en la entrada de la vagina. Tampoco es igual sentir tirantez, como si la entrada no cediera, que presentar un dolor profundo durante la penetración.
También importa saber cuándo aparece: al inicio de la penetración, durante toda la relación, con determinadas posturas o incluso después de terminar.
Todos estos detalles pueden darnos pistas sobre lo que está ocurriendo.
¿Qué puede causar dolor durante las relaciones?
No existe una única causa.
En algunas mujeres el problema está relacionado con sequedad o cambios hormonales, especialmente durante la perimenopausia y la menopausia. Los tejidos pueden volverse más finos, menos elásticos y más sensibles, haciendo que la penetración resulte molesta o dolorosa.
En otras, el origen puede estar en el suelo pélvico. Una musculatura excesivamente contraída puede dificultar la penetración y provocar dolor. Esto puede aparecer, por ejemplo, en algunos casos de vaginismo o asociado a otros cuadros de dolor.
También encuentro mujeres con cicatrices o secuelas después de un parto, una episiotomía o un desgarro. A veces existe una zona concreta que tira, duele o se abre repetidamente con las relaciones.
El dolor también puede deberse a una patología vulvar, como el liquen escleroso, o a cuadros de vulvodinia o vestibulodinia, en los que puede existir una sensibilidad importante incluso con un contacto aparentemente leve.
Las infecciones y algunos procesos inflamatorios pueden producir dolor, y cuando este se localiza más profundamente también debemos valorar otras posibles causas ginecológicas, como la endometriosis, entre otras.
Y, en ocasiones, pueden coexistir varias causas al mismo tiempo.
Por eso no me gusta hablar de “un tratamiento para la dispareunia”.
“Me han mirado y me han dicho que está todo bien”
También escucho esta frase con frecuencia.
Y entiendo la frustración que puede generar.
Que una revisión ginecológica convencional no muestre una alteración evidente no significa que el dolor no exista ni que no pueda haber una causa detrás.
En estos casos puede ser necesario hacer una valoración más dirigida: observar con detalle la vulva y el vestíbulo, localizar exactamente dónde aparece el dolor, valorar el introito, las cicatrices si las hay, el estado de los tejidos y la musculatura del suelo pélvico.
La historia que cuenta la paciente también es fundamental. Muchas veces, escuchar cuándo empezó el dolor, cómo ha evolucionado y qué lo empeora o mejora aporta tanta información como la propia exploración.
Entonces, ¿cómo se trata?
Depende de la causa.
Y probablemente esta sea la parte más importante de todo el artículo.
No todas las mujeres con dolor necesitan hormonas. No todas necesitan fisioterapia. No todas necesitan tratamientos regenerativos. Y, por supuesto, no todas necesitan cirugía.
En algunos casos será necesario tratar una patología vulvar. En otros, mejorar la salud y calidad de los tejidos cuando existe un componente hormonal. Algunas pacientes se benefician especialmente de la fisioterapia del suelo pélvico, mientras que otras necesitan un abordaje específico del vaginismo o del dolor vulvar.
Los tratamientos regenerativos pueden tener indicación en determinados casos y, cuando existe una alteración anatómica, una cicatriz dolorosa o una secuela obstétrica que justifique corregirla, podemos valorar un tratamiento quirúrgico.
Pero el orden para mí es siempre el mismo:
primero entender qué está provocando el dolor y después decidir cómo tratarlo.
El dolor no debería convertirse en parte de tu vida sexual
Muchas mujeres tardan mucho tiempo en consultar porque sienten vergüenza, porque creen que es normal o porque piensan que simplemente tienen que aprender a convivir con ello.
No siempre existe una solución inmediata y algunos cuadros de dolor son complejos. Pero eso no significa que deban ignorarse.
Si las relaciones sexuales duelen de forma repetida, si has empezado a evitarlas por miedo al dolor o si notas que algo ha cambiado respecto a cómo eran antes, merece la pena valorarlo.
Mi objetivo en consulta no es simplemente intentar quitar el dolor. Es entender por qué aparece y, a partir de ahí, buscar contigo la opción de tratamiento más adecuada para tu caso.


